
Y la mañana sorprendió a aquel mal amor, a sexo sucio envuelto en papelillos mezclado con tabaco de liar sabor a vainilla, que no ocultaba el olor a polvo rancio que había en el ambiente…
Allí estaba ella, con el maquillaje corrido tras los estragos de unas cuantas pirulas y un montón de copas de cualquier cosa a la que la invitaran. Era justo en esos momentos cuando se preguntaba qué era exactamente lo que esperaba del mundo, a dónde se dirigía su vida y demás crisis existenciales…
Cogió las toallitas que guardaba en la guantera de su viejo Ford.
-Si papá levantara la cabeza y viera que te has convertido en un picadero… – dijo en voz alta acariciando el volante, despertando así al dueño de la última polla que había chupado. No le importó. “¿Todavía sigue éste aquí?”, pensó con desgana
-Buenos días- contestó aquel tipo…
¿Qué edad podía tener? ¿21? Apurándolo mucho tendría 22… Pero bueno, a fin de cuentas había sido el único esa noche al que se folló por placer, así que dió igual la edad…
Lo echó del coche con la excusa de un día de ajetreo. Allí, en la cuneta de un sitio que ni ella reconocía. Sobreviviría. Llamaría a papá, y éste, después de un discurso, lo dejaría seguir jugando al Fifa entre refrescos y pelis porno, tirado y envuelto en aquellas sábanas que ella sabía no disfrutarían de una corrida más sin pensar en su cara de perra, moviéndose como la mejor de las contorsionistas sobre aquel muchacho la noche anterior.
Esa era la clase de historias de amor a las que ella estaba acostumbrada. A esas en las que los nombres no importan.